A la mulata María Franzisca todo el mundo la conocía como Guantes de Ámbar. Era ya una actriz famosa en los escenarios de España. Sus personajes trasmitían pasión y alegría. Su belleza, su voz, sus bailes, el talento y las habilidades musicales que atesoraba, contagiaban. La gente la adoraba.

Estaba trabajando en Madrid cuando Balbín, famoso director de una compañía de teatro, le ofreció ser la actriz principal para una obra que querían representar en los próximos años en Sevilla. Ella sería la reina Esther. La versión de La reina Esther (reina hebrea que tuvo una fecunda descendencia entre comediógrafos y autores en las letras hispánicas de esos años), era la que escribió Felipe Godínez Manrique1.

En la versión, el personaje de Esther destaca en la lucha contra los vividores y la gente ociosa. Guantes de Ámbar aceptó encantada. Volvería a Sevilla, a ver a su querida Bárbola y a sus amigos de la ciudad. Y en el papel de Esther en esa obra de Godínez que le hacía tanta ilusión. En los siguientes días todo el elenco inició los ensayos de la obra. Tardarían algún tiempo en estrenarla. Antes, ella, Balbín, los cómicos y los toreros, tenían varios compromisos y trabajos en la corte de los Austrias. En esas fechas, los reyes y los de la corte se estaban moviendo por diversos lugares de España. Y los escritores, poetas, cómicos, enanos y toreros con ellos, claro. Primero en Madrid, después en Valencia, Zaragoza y Barcelona, y a inicios del siglo XVII en Valladolid, cuando trasladaron la corte allí.

María Franzisca, Guantes de Ámbar, era una mulata clara, de una belleza extrema, exótica, lejana. El papá de Guantes de Ámbar era un esclavo del duque de Nájera2. Su mamá, una criada del duque, una lavandera blanca. Aunque su apodo se lo pusieron por el color de su piel dorada, la mulata podía pasar por una blanca cualquiera. Ella era el resultado de la mezcla de varias generaciones de esclavos negros en la Península Ibérica. Sus antepasados llegaron a España a finales del siglo XV, y aunque habían pasado más de cien años y muchos como ella ya habían nacido en España, daba igual, seguían siendo esclavos. Eso es lo que les pasaba en esta tierra a la mayoría de los negros españoles y sus descendientes: continuaban siendo esclavos.

Sin embargo, el papá de María Franzisca, logró que el duque de Nájera, Juan E. Manrique, dejara que su hija naciera libre. Bueno, en realidad fue la íntima amiga de Francisco de la Soledad, Elena de Céspedes, (quien la adoptó siendo un bebé y la crió), la que lo consiguió.

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Detalle de la portada Las Negras de la Inmaculada, de  Jesús Cosano. Vol. II. Los Invisibles: Hechos y cosas de los negros de Sevilla. Sevilla, marzo de 2019.